Reflexiones de una noche de primavera.

Me colgué la mochila a los hombros y salí a caminar. La noche me recibía con los brazos abiertos y una brisa refrescante, me invitaba a avanzar. Cada paso que daba era como liberarme de un peso muerto. Las ideas iban y venían en mi mente, explotaban como fuegos artificiales, para luego desaparecer.

Empecé a tocarme los brazos, los apretaba fuerte palpando mi piel. No me sentía yo. ¿Por qué tenemos piel? ¿Por qué esta es la mía? ¿Quién me la dio? ¿Quién soy? Aún así, contestando esta última pregunta, ¿mi piel, la que recubre mi ser, reflejaría verdaderamente quién soy?

Miré al cielo, me sentí tan pequeña. No soy nadie para este mundo. Eso me alegró. No quiero que me conozcan. Sonreí, casi me sale una carcajada. Me hace muy feliz saber que no soy nadie y, sin embargo, tengo el placer de estar existiendo. ¿La existencia es un privilegio?

Empecé a prestarle más atención a la gente que había alrededor. Universos enteros e indescifrables frente a mí. Que emoción. Coincidimos, existimos, ¿pero vivimos? Porque vivir no es lo mismo que existir. Vivir es algo mucho más complejo, así como el arte. Ojalá todos levantaran la vista de las pantallas de sus celulares. Ojalá miraran más allá de los grandes edificios. Ojalá apreciaran la luna, siempre tan linda, el cielo, siempre tan inmenso. Ojalá miraran a los ojos. Ojalá salgan a caminar y, además de existir, vivan.

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